jueves, 9 de abril de 2026

CONVICCIÓN

 

CONVICCIÓN

 

“La vida es como una bicicleta. Para mantener el equilibrio, tienes que seguir adelante”

Albert Einstein

 

Me enfrento al cruel escenario navegando por un mar de incertidumbre. Me aferro a la Fe desde la más absoluta convicción.  Es tanto el peso, es tanta la evidencia, es tan demoledora la realidad, que tan sólo puedo enhebrar escasas puntadas de esperanza en un titánico esfuerzo.

En la penumbra donde se confunden los relojes y las sombras, mi corazón aprende a latir con una paciencia nueva, como quien escucha una canción que desconoce y, aun así, intenta tararear la melodía completa.

Cada día es una isla, a veces pequeña, en ocasiones inmensa, a veces cubierta de sol, otras veces azotada por vientos y tempestades.  Camino por esa isla con la cabeza llena de preguntas que no encuentran respuesta, y con la Fe como única brújula que no se rinde.

La Fe no es un faro que prometa puerto seguro, es más bien una lámpara de aceite que se niega a apagarse.  La enciendo con los dedos temblorosos y la coloco en la mesa de la cocina, en la sala de espera del hospital, en la esquina del coche, en la terraza de un bar.  A veces su luz es apenas un hilo, pero ese hilo me permite distinguir el contorno de la ternura, el perfil de la esperanza que aún se asoma entre las grietas.  Me aferro a ella no por negación, sino por la necesidad de sostener algo sensible cuando todo lo demás se vuelve estadística y fría ciencia.

Vivo días en los que la evidencia se ha presentado con voz de trueno mediante informes, cifras, miradas de profesionales que se vuelven laberintos sin salida… Estos días, la realidad golpea con la precisión de un reloj que no entiende de súplicas y, sin embargo, en el mismo latido en que la verdad me derriba, aparece una resistencia que no se explica con lógica.  El amor es un activo que no se rinde y que une los bordes desgarrados del alma con hilos invisibles, con paciencia de artesano.  No lo cura todo, no promete milagros, pero transforma el dolor en compañía y la soledad en verdadera presencia a través los que siempre están y estarán en el corazón.

Tejer con puntadas de esperanza es un oficio de manos pequeñas y grandes a la vez.  A veces éstas apuntan tímidas, como una sonrisa que se asoma en la habitación, una canción que suena en la radio o dos manos que se entrelazan sin decir nada. Otras veces son audaces,  a modo de decisiones tomadas con la claridad de quien ama con gestos que desafían la lógica y se sostienen en la dignidad.  Cada ataque de la aguja es un acto de valentía, cada hilo, una promesa sin certezas.

La incertidumbre tiene un lenguaje propio mediante silencios largos y esperas. Yo he aprendido a hablarlo sin traicionarme.  Así, no finjo certezas donde no las hay y nombro lo que siento con la honestidad de quien no quiere adornar la verdad.  Digo miedo, digo rabia, digo cansancio.  Pero digo también ternura, digo gratitud por los instantes que se resisten a desaparecer.  En ese vocabulario simultáneo con el de mi alma, la Fe se vuelve diálogo y no dogma, retorna en consuelo y no en sentencia.

En ocasiones imagino la esperanza como un jardín secreto que cultivo a escondidas.  No es un vergel de promesas grandilocuentes, sino de pequeñas plantas que resisten el invierno, como una voz amable, una caricia en la frente, un cuento de final feliz.  Riego esas matas con la memoria de los días buenos, con las fotos que guardan sonrisas, con los olores que recuerdan a casa.   No espero que florezcan todas, me basta con que alguna hoja asome entre las piedras.  Hojas que son milagro cotidiano, pruebas de que la vida, aun herida, sigue encontrando maneras de brotar.

A veces me sorprendo encontrando belleza en lugares que antes me parecían inhóspitos, como en la fragilidad de una sonrisa, en la honestidad de una lágrima, en la manera en que la luz entra por la ventana de casa y dibuja un mapa de esperanza sobre las sábanas. La belleza me recuerda que, incluso en el borde del abismo, hay detalles que merecen su momento.

No puedo negar la fatiga que pesa en los hombros, pero en esa fatiga también descubro una fuerza que no conocía, la capacidad de amar sin condiciones, de sostener sin esperar retribución, de ser presencia cuando todo lo demás falla. Esa fuerza es la que me permite seguir cosiendo, una y otra vez, aunque las manos tiemblen.

Así, con la Fe como lámpara y la esperanza como jardín secreto, sigo dando puntadas. No prometo milagros, no prometo certezas; prometo presencia, fidelidad y ternura. Prometo mirar a los ojos, tomar la mano, contar historias hasta que la voz se canse. Prometo no esconder el miedo, pero tampoco dejar que el miedo me robe la capacidad de amar.

Costampla

09/04/2026

domingo, 22 de marzo de 2026

HERE COMES THE SUN

 

Here comes the sun, And I say, "It's all right" (aquí viene el sol" y todo está bien)

THE BEATLES

 

Yo tenía cuarenta y ocho años cuando el mundo dejó de serlo.  Yo tenía cuarenta y ocho años cuando la poesía silenció, enmudeció el arrojo y la fe, comenzó a quebrarse…

Mi hijo pequeño, que acababa de cumplir dieciocho, era por aquel entonces un joven entusiasta y extrovertido, que soñaba con campos de césped y porterías, con la música de la grada y el roce del balón en la bota...

Un joven que, de un día para otro, empezó a sentirse indispuesto, entre insistentes dolores de cabeza, mareos, náuseas y desavenencias con la visión.  Señales que, en un principio no parecían más que vaivenes pasajeros, se tornaron preocupantes, así que la prudencia nos llevó al médico, a salas blancas donde se miden los temores.

TAC fue la palabra que cambió la geografía de nuestras vidas.  La imagen que delataba, la voz que dijo “tumor maligno” y empujó de pronto toda nuestra razón de ser, que se volvió paisaje de urgencias de quirófanos, de pruebas, de analíticas… Calendarios que se llenaron de citas y de silencios.  La vida se amontonó en esto, y en la espera eterna entre una salva y otra.

Le operaron dos veces… Le radiaron; le trataron con quimioterapia.  Quedaron secuelas, huellas que el cuerpo no pudo borrar, mas hubo un tiempo en que la enfermedad pareció condescender, como si el cuerpo hubiera encontrado una tregua y el azar, con su terquedad, concediera una segunda oportunidad.

En ese lapso de tregua, enterramos sueños rotos…  Partidos que no se jugaron, planes que se desvanecieron entre destellos de una  juventud recortada por la necesidad de sobrevivir.

Pero la vida, que es también un oficio de tenacidad, nos dio un nuevo amanecer.  Aprendimos a celebrar las pequeñas victorias, los días sin dolor, las sonrisas francas, la capacidad de caminar sin que el miedo marcara cada paso.  Nos aferramos a esas cosas como quien se agarra a una cuerda en un intermedio del mar.

Cinco años después, la bestia despertó de su letargo.  La recaída fue un golpe que nos dejó sin aliento, con pocas opciones y pronósticos sombríos, con la sensación de que el tiempo se nos escurría entre los dedos.

Sin embargo, la medicina, que en sobradas ocasiones, hace milagros de circunstancia con  un tratamiento inesperado, se afirmó con respuesta que nadie esperaba, y la enfermedad se detuvo.  No se curó, no se fue para siempre, pero se aquietó; dos años de calma que supimos valorar como quien recibe un regalo quimérico…

Vivimos esos años con la cautela de quien ha aprendido que la paz puede ser frágil, pero también con la gratitud de quien ha visto la luz después de una tormenta en el bosque.

Ahora, dos años después, la fiera ha vuelto con más ímpetu.  El cuerpo ya no admite más torturas y las puertas que abrirían éstas se cierran una a una. Las posibilidades se desvanecen como niebla al amanecer.  El ánimo se quiebra, los cuerpos envejecen de golpe, y la esperanza, que siempre ha sido faro, se tambalea.  Queremos que él se cure, esa voluntad es una llama que no se apaga, pero el zarpazo de la vida se repite, y la fatiga se instala en los huesos y en la mente.  Mantener la esperanza se vuelve un acto de cotidiana bravura.

En medio de ese páramo de miedo y cansancio, hay una constelación de entidades que no se rompen, como la ternura que nos enseñó a mirar, la paciencia con la que aprendimos a esperar, la fidelidad de quienes siempre nos acompañaron.

La sabiduría, brota de la experiencia, la cual nos ha enseñado a distinguir entre lo que podemos controlar y lo que no, a invertir nuestras fuerzas en lo que aún es posible, a estar, a acompañar, a sostener…  

Hemos aprendido a medir el tiempo en gestos, mediante una mano que aprieta otra mano en la madrugada, o una palabra que calma, o una canción que devuelve el aliento.  ¡Gestos que son la arquitectura de la confianza!

Tuvimos que aprender a mirar la enfermedad con ojos nuevos.  Ya no es solo palabra médica perdida entre protocolos deontológicos, si no presencia que exige de ternura.  Aprendimos a leer en el silencio de su alma quebrada, en su valentía, que no siempre se muestra en la voz pero destaca en la pose.  Vimos cómo, a pesar del dolor y de la fatiga, el deseo de vivir seguía ahí, como una raíz que se niega a dejar de buscar agua.  Vimos también la manera en que el amor de padres, de la familia, de los amigos, se convirtió en un escudo cotidiano… Visitas que no fallan, risas que se cuelan entre los tratamientos, historias que devuelven la memoria de lo que somos cuando el miedo es incapaz de definirnos.

La bondad de la gente que nos rodea ha sido un bálsamo.  Vecinos que se convierten en familia, amigos que sostienen la alacena de la vida, profesionales que no solo aplican técnicas sino que ofrecen consuelo.  En la delgadez descubrimos la generosidad de los otros, y esa generosidad nos devuelve la fe en la humanidad.  Cada gesto, por pequeño que parezca, es una piedra que colocamos en el puente que nos lleva hacia la esperanza.

No niego la fatiga. Hay noches en que el cansancio pesa como una plancha y la desesperanza masculla con voz insistente.  Hay mañanas en que la desazón se instala en la garganta y cuesta respirar.  Pero también hay mañanas en que la luz entra por la ventana recordando que la vida sigue siendo posible, instantes en los que la esperanza se vuelve decisión; decisión de amar, decisión de estar, decisión de creer que aún existen caminos por explorar.

La esperanza no es ingenuidad, si no práctica que se cultiva con actos concretos y, es en esa práctica, donde hemos aprendido a celebrar la vida en sus detalles, como una comida compartida, un partido de fútbol en familia, una conversación que se alarga hasta la noche, celebrando  la risa cuando llega, la mirada clara cuando aparece, la mano cuando aprieta con fuerza… Celebramos la paciencia, virtud que nos permite sostener el día a día sin que el miedo nos devore, una forma de amor que no siempre se reconoce, pero que sustenta la casa entera.

En medio de todo esto, certezas que no se dejan vencer sustentadas en el amor profesado sin rendición. Ese amor es la energía que nos impulsa a buscar alternativas, a preguntar, a insistir, a no aceptar el silencio como respuesta definitiva.  Ese amor nos hace creativos, nos hace persistentes, nos hace humanos.  Nos obliga a mirar más allá del pronóstico y a encontrar, en cada día, una razón para seguir luchando.

Sin prometer certezas que no existen, sin asegurar que la enfermedad se irá, puedo afirmar con toda la fuerza de mi alma que la esperanza es una decisión que tomamos cada mañana.  Podemos elegir que el final de esta historia no sea la derrota del ánimo, sino la victoria de la ternura y la solidaridad.  Podemos decidir que, aunque el camino sea duro, lo recorreremos juntos, con la dignidad de quien no se rinde.

Así, con la mirada puesta en lo que aún es posible, sostenemos la esperanza como quien sostiene una lámpara en la noche.  Creemos en la posibilidad de un giro inesperado, en la bondad de la ciencia, en la fuerza del amor universal.  Creemos en la capacidad de los cuerpos para resistir y en la capacidad del espíritu en la fe, para encontrar razones por las que seguir.  No nos resignamos a la desesperanza, la transformamos en acción, en cuidados, en presencia, en sanadoras palabras.

Todo saldrá bien porque no nos rendiremos.  No porque la enfermedad ceda por precepto, sino porque haremos de cada día una batalla de amor, y en esa batalla la vida encontrará sus rendijas para sembrar.

La esperanza no es una promesa vana; es la decisión de creer que, aun en la noche más cerrada, la luz puede volver a nacer.  Mientras tengamos aliento, mientras nuestras manos se entrelacen, mientras los corazones no se cansen de amar, mantendremos la certeza de que todo, de algún modo, saldrá bien.

 

lunes, 1 de diciembre de 2025

A Carlos

Nació un día como hoy, hace veintisiete años, y desde entonces el mundo aprendió a contener la respiración cada vez que él sonreía. Carlos, con la frente siempre despierta y los ojos que no se conforman, llegó con la promesa de un corazón demasiado grande para los mapas pequeños que a veces nos trazamos. Fue niño guapo y espabilado, y esa mezcla de belleza y curiosidad le hizo caminar por la vida como quien explora una ciudad nueva, atento a las esquinas, a los ruidos, a las puertas que se abren sin aviso.


Tiene en su cuerpo y en su mente una capacidad que asombra, vivacidad que recuerda la velocidad de los instantes y una inteligencia que desarma lo cotidiano. Pero también ha aprendido a vivir con el pulso apretado por el miedo a dar pasos que cambien el paisaje. Ese temor, que a veces lo ha hecho quedarse en la orilla cuando el mar pedía que nadara, no borra la grandeza de su latido; la hace más humana, más cercana. Porque quien siente tanto, quien piensa tanto, sabe que el riesgo no es solo una puerta, sino una casa que hay que aprender a habitar.


Rodeado de los mejores amigos —esos que son espejo y refugio— ha tejido una red de lealtades que lo sostienen cuando la vida se vuelve dura. Es hijo que escucha, hermano que acompaña, nieto que ilumina con su risa las sobremesas. En cada uno de esos papeles se revela su generosidad. No la ostenta, la ofrece; no la mide, la entrega. Merece lo mejor no por derecho, sino por la constancia con la que regala su tiempo y su ternura, aun cuando la suerte no le haya sonreído con la frecuencia que su corazón merece.


Hoy, en este cumpleaños, quiero hablar de las posibilidades que aún le esperan. Hay en él una energía contenida, una fuerza que solo necesita un gesto —un paso pequeño, una decisión humilde— para desplegarse. No es necesario que cambie su esencia; basta que confíe en la hondura de sus propias manos, en la claridad de su pensamiento, en la bondad que lo define. Que se permita equivocarse sin convertir el error en sentencia, que se permita soñar sin pedir permiso, que se permita ser valiente a su manera.


Le deseo, con la ternura de quien lo conoce y la esperanza de quien lo ama, que encuentre puertas que se abran con facilidad y caminos que lo inviten a correr. Le deseo amigos que lo empujen cuando la duda lo ancle y silencios que lo dejen recomponer su voz. Le deseo suerte, sí, pero sobre todo le deseo coraje, ese coraje que no es ausencia de miedo, sino la decisión de seguir adelante a pesar de él.


Que este año sea un mapa nuevo donde cada línea dibuje una posibilidad; que cada amanecer le recuerde que la vida, aunque a veces esquiva, guarda siempre un rincón para los que no renuncian a su propio latido. Y si alguna vez vuelve a dudar, que recuerde que nació para sorprender, para querer con intensidad y para ser querido en la misma medida. Feliz cumpleaños, Carlos, que la vida te devuelva en abundancia lo que tú ya das sin medida.


Papá

30/11/2025

La mirada puesta en un mañana

Llegaron con las manos llenas de tierra y la mirada puesta en un mañana que había que labrar a golpes de trabajo. Vinieron de pueblos donde el tiempo se medía por las estaciones y las voces se aprendían al calor de la lumbre; trajeron la costumbre de levantarse antes del alba y la sabiduría de quien conoce el valor de cada grano.  Él, pastorcillo de grandes montes, llevaba en los ojos la calma de los rebaños; ella, labradora y luego doncella, guardaba en las manos la paciencia de quien cosecha y la discreta dignidad de quien sirve. En Madrid se encontraron, se reconocieron y, con la ciudad como testigo, comenzaron a construir una vida que sería a la vez humilde y enorme.

El éxodo desde el pueblo no fue solo un desplazamiento geográfico, fue una mudanza de costumbres, de lenguajes y de esperanzas.  En la maleta traían historias de abuelas que cosían, de tierras que daban pan, de oficios que se transmiten sin ruido.  En la ciudad aprendieron a transformar la nostalgia en trabajo, y el trabajo en hogar.  Con un pequeño negocio de comidas, con manos que no conocían el descanso, fueron tejiendo un refugio donde cabían clientes, vecinos y, sobre todo, una familia que aprendió a soñar. 

El bar que levantaron en un barrio obrero fue más que un local, fue una escuela de vida. Allí se aprendió a medir la existencia por el peso del esfuerzo y por la generosidad de un plato caliente.  El mostrador fue pupitre y confesionario; la cocina, taller donde se forjaron valores que no se enseñan en los libros; esto es, la responsabilidad, la constancia, el respeto por el trabajo ajeno.  Entre el tintinear de vasos y el humo de las mañanas, se forjaron conversaciones que marcaron destinos y se tejieron lazos que resistieron ausencias y mudanzas.

En ese bar convivieron generaciones, los abuelos, los tíos, los sobrinos,  los hijos que salían a buscarse la vida y los nietos que crecieron entre mesas y anécdotas.  Cada jornada era una lección, servir con dignidad, recibir con cortesía, sostenerse en la adversidad. El negocio familiar no fue solo una fuente de ingresos; fue el lugar donde aprendimos a amar el trabajo y a entender que la familia es un proyecto que exige entrega diaria.

De aquel tronco común brotaron tres ramas distintas. El mayor formó su propia familia y tuvo dos hijos, una niña y un niño; su vida tomó un rumbo que, con el tiempo, lo alejó de la casa de origen en favor de la familia que eligió. El mediano vivió una juventud difícil, fue padre en un momento inesperado y, tras tropiezos, encontró a una alma bella  que le dio estabilidad;  juntos adoptaron una hija y construyeron un hogar distinto, con sus propias certezas y heridas. Yo, el pequeño, el que ahora relata, me fui a estudiar a un internado militar lejos de Madrid, y allí guardo los mejores amigos y recuerdos, esos que se vuelven refugio cuando la memoria pide consuelo.

Somos tan distintos, afirmo, y esa diferencia no es una condena sino la evidencia de que la misma raíz puede dar frutos variados. Cada uno aprendió en el bar, cada uno llevó consigo la lección del sacrificio, pero la vida, con su capricho, repartió destinos y silencios.  El amor fraternal convive con la distancia, la comprensión con la decepción; y en ese cruce de afectos se dibuja la complejidad de una familia que, pese a todo, sigue siendo familia.

Los últimos años de nuestros padres trajeron sombras que no supimos contener del todo. En mi honesta opinión, merecieron mejores cuidados, y esa sensación de despropósito duele porque nace del amor. No guardo rencor, pues soy el primero que quizás podría haber hecho más, pero sí una herida que pide reconocimiento, que se nombre lo que falló, que se haga sitio para la reparación aunque sea pequeña. Creo que hicimos todo lo que estuvo en nuestra mano; nuestro esfuerzo fue compañía, y nuestra gratitud es un testimonio de lealtad que honra a los padres.

El duelo por la pérdida se mezcla con la rabia contenida y la necesidad de un después. Ese después no es venganza ni ajuste de cuentas; es la posibilidad de transformar la pena en memoria activa, en gestos que honren lo dado. Pedir un después es pedir que la historia no se cierre en silencios culpables, sino que se abra a conversaciones, a reconocimientos y a actos que dignifiquen la vida que se fue.

Que haya un después: no como olvido, sino como justicia pequeña y cotidiana. Que el recuerdo de los padres sea faro y brújula, que ilumine decisiones nuevas y conversaciones pendientes. Honrarles no exige uniformidad ni unanimidad; exige sinceridad, actos que reconozcan su entrega y la huella que dejaron. 

Amarse entre hermanos sin renunciar a la verdad que se siente, pues el amor puede contener la decepción y, al mismo tiempo, abrir una puerta a la reconciliación. No todos los caminos conducen al mismo lugar, pero siempre queda la posibilidad de tender un puente, aunque sea pequeño, para que el pasado no se convierta en una losa que impida caminar. La familia es paisaje en movimiento; hay pérdidas, despropósitos y silencios, pero también raíces que sostienen y la posibilidad de un reencuentro distinto.

Que la memoria de quienes trabajaron y amaron en silencio sea un acto de justicia, que sus nombres se pronuncien con cariño, que sus gestos se conviertan en ejemplo y que su esfuerzo inspire decisiones que curen.  Que el bar que fue hogar siga vivo en las historias que contamos, en las recetas que se repiten y en las risas que aún resuenan. Y que, en ese después que anhelamos, florezca una paz que no borre el pasado pero lo transforme en algo digno de ser contado, compartido y celebrado.

jueves, 4 de septiembre de 2025

PERTENENCIA Y NATURALEZA SERRANA

Hay pueblos que no eligen el sitio, sino el pulso.  Beteta eligió el rumor del agua y el filo de la piedra.  Se alzó, como quien toma aire antes de zambullirse, sobre un pedestal rocoso, y desde entonces mira al mundo con ojos de cumbres: limpios, hondos, atentos a lo que pasa y a lo que regresa.  Cuando uno llega, no entra: se sintoniza, como si la urbe llevara siglos diciendo “acércate despacio y disfruta”.

Se habla de “Beteta y sus Siete Villas” y suena a campanas que responden desde distintos barrancos.  Paisanos que abren surcos en la memoria, que despliegan alas de pájaro al amanecer, que centellean como escarcha bordada en un prado… Cada uno  trae su oficio, un gesto, una forma de doblar el día, y juntos cosechan memoria sin pretender poseerla.

En El Tobar, un ojo de agua se abre al cielo: la laguna suspende el vuelo de las rapaces y conserva en su fondo el murmullo de pescadores en un entorno multicolor de cromas imposibles.

En Valsalobre, el río que le da nombre murmura leyendas de trashumancia.  Sus aguas cristalinas delinean antiguos caminos y nutren los pastos que alimentaron rebaños. 

La Cueva del Hierro cuelga sus angostas oquedades sobre el escarpe: aquí el rojo óxido recuerda las vetas extraídas por romanos y las estalactitas y estalagmitas esculpen un bestiario pétreo que late con el pulso de la tierra.

Masegosa se enciende en jara, tomillo y cantueso: la colina perfuma el aire entre pinares y brezo, y su pulso lento invita a crecer al ritmo de sus desniveles.

Lagunaseca duerme un sueño intermitente: en sus torcas el agua surge y desaparece según el temperamento de las estaciones, un susurro fantasma que renace con el rocío otoñal.

Santa María del Val se despliega sobre el valle que le da nombre.  Sus muros de caliza cobijan el silencio y las voces diminutas que se llaman desde los balcones entornados.

Valtablado, antaño anfiteatro natural de piedra, yace hoy en ruinas: muros carcomidos y balcones huecos son el poema silente de un poblado abandonado, donde sólo el viento y el corazón de descendientes, recuerda el pulso de sus gentes.

Beteta surge en un promontorio de roca, un secreto sostenido entre pinares. Sus callejuelas estrechas se enredan junto a muros milenarios, guardando el eco de pasos que atraviesan siglos sin detenerse. En el aire flota el murmullo de historias antiguas, y las casas se apiñan como un latido compartido bajo el crujir de las tejas al alba.

Esas siete villas son dedos de la misma mano que acaricia la serranía. Cada pueblo suma su hilo al tapiz común, tejiendo un pacto de pertenecer sin poseer, donde la vida, como el paisaje, se aprende repitiéndola.

En la vega de Beteta, el mimbre es la caligrafía del suelo, un alfabeto de brotes que aspira al sol.  Lo ves en los sotos junto al cauce: hileras de esquejes sumergidos en tierra húmeda, listos para encender raíces.  A primera hora, un labrador recorre las líneas verdes, palpa la firmeza de cada vara, mide su tiro con la precisión de un topógrafo. Entre surcos, ajusta el caudal del riego, repasa las podas que liberen el viento y encaminen la savia hacia lo alto. El aire huele a rebrote y a tierra húmeda, y en cada retoño se lee el pulso de las estaciones. La paciencia impone su ritmo: cortar en enero varas rígidas, sembrar en primavera aliento nuevo, y vigilarlas en verano para que crezcan tensas y flexibles. Cultivar el mimbre en Beteta es escuchar cómo el agua conversa con la raíz. Cada fronda es un verso que alienta al río: “te sigo”; y un susurro al monte: “tus laderas me sustentan”. Así el campo, sin tejer, aprende a hablar con la tierra.

Saliendo de la vega, camino de La Alcarria, La Hoz de Beteta abre sus paredes como dos páginas de piedra donde el agua escribe sin prisa.  Allí el aire desciende más frío aunque sea verano, y el eco se entretiene repitiéndose sin fin.  Si alzas la vista, buitres leonados describen círculos lentos, como quien retira un velo para dejar colar la luz.  La roca guarda siluetas de animales que nadie ha visto, figuras esculpidas por la erosión con la paciencia feroz de los elementos.

Caminas y el suelo muda su canto: grava suelta bajo los pies, hojarasca crujiente y raíces anudadas al musgo.  Al doblar una curva, el río se vuelve espejo y refleja con sencillez que todo fluye y nada permanece.  Los pinos se aferran al borde de los riscos, y en cada sombra el musgo susurra su propia canción.  En ese templo de silencio, el alma recupera la hondura que ya llevaba dentro.

Surge en el corazón de La Hoz, el alivio húmedo de la Fuente de los Tilos, donde la penumbra verde no se apaga ni en la hora más alta.  Hojas grandes se alzan como manos benévolas, y las gotas que caen al bebedero abren anillos diminutos en la piedra.

Te acercas, embebido en tonos minerales, en música baja de raíces y piedras.  Los tilos custodian historias en flor: primeros besos pronunciados en secreto, niños que aprendieron que el agua sabe distinto tras una carrera, ancianos que miden el paso del tiempo en los anillos de la madera.  Alguien talló unas iniciales y, lejos de herir, esas letras calladas acarician el orgullo suave de haber existido juntos un instante.

Hay rapaces de paciencia infinita que se quedan colgadas al borde del aliento cálido de la tierra, como meditando, ciervos que campan a sus anchas, setas que empujan la hojarasca con la humildad de un milagro cotidiano, flores sin nombre que iluminan cunetas como si un pintor nocturno hubiera decidido firmar el camino con puntos de color.  Y están los tilos, los sabinares, los pinares que guardan el perfume de las resinas para las manos de quien pasa.  En ese catálogo discreto, la gente de la sierra recita sin saberlo una letanía de gratitudes: gracias por la sombra, gracias por la leña, gracias por el refugio.

Pero volvamos al pueblo y acerquémonos al Castillo de Rochafría.  Se sube al mismo como se afronta un secreto: con respeto, con curiosidad y sabiendo que no se volverá igual.  Las piedras no son ruinas: son una gramática.  Dicen desde dónde se vigilaba, a qué distancia se distinguían los cascos, dónde se dormía con un ojo abierto.

El aire, arriba, tiene un sabor pétreo y una alegría seca; despeina las ideas y te pone los pies en su sitio.  Se mira la villa desde lo alto y es un puñado de tejados, un orden domado por el tiempo, una rosa de calles que florece sin pedir permiso.  Allí, con el cuerpo orientado hacia cualquier dirección, uno escucha la musicalidad del viento pasando.  Hay quien sube para fotos; otros, para recordarse frágiles.  Lo que queda de la fortaleza no pretende imponerse; apenas señala un consejo: “venías de lejos; ahora ya sabes dónde quedarte”.

Bajar del castillo y entrar en la iglesia tiene el mismo gesto que quitarse el sombrero.  La llaman Catedral de la Serranía: no por tamaño, sino por dignidad.  Es un cobijo de piedra bien hecha, una sombra que no aplasta, una acústica que sostiene la voz.  El retablo te mira con sus dorados viejos, los santos tienen esa serenidad de los que han aprendido a ser escuchados sin alzar la voz.  La pila —cuánto bautismo de invierno, cuánta vela— ha visto dedos temblorosos y promesas, y también lágrimas que caen con un rumor parecido al de la fuente.  No es solo templo: es un reloj que marca horas particulares: bodas que tienden puentes, funerales que los cruzan, tardes de Corpus en las que el aire huele a romero y a pan.  Y, en el corazón callado del templo, una presencia que no necesita explicación.

Se trata de la Virgen de la Rosa, patrona del pueblo que pasa temporadas a caballo entre la iglesia y su ermita en la vega.  No es solo patrona: es esa criatura de luz que organiza el calendario sentimental de la villa.  A ella se la viste con un cariño que tiene nada de rito y todo de hogar; a ella se le confía lo que duele, lo que aún no llega, lo que se teme. 

Hay días en que la imagen desciende la calle como si el pueblo entero fuera un río a su paso.  Las abuelas guardan pañuelos que ya son reliquias, los niños aprenden a marchar al ritmo de los mayores, los ojos brillan un poco antes de cada canto hacia ella.  No se exige fe para ver el fenómeno: basta estar.  La rosa, en ese rostro, no pincha; acoge.  En torno a ella, el pueblo se cuenta a sí mismo sin perderse una coma: quién se fue, quién nació, quién regresa al verano, quién tuvo suerte en el campo, quién necesita un abrazo. Es extraño —y no tanto— cómo un nombre puede reunir tantas habitaciones de la memoria en un mismo cuarto.

La plaza es un círculo de costumbres.  A media mañana, la luz se tiende bajo los soportales como un gato que confía.  Huele a pan y a leña, a vino que respira sus minutos antes del almuerzo.  Un chiquillo pasa con una bicicleta demasiado grande, pero le sobra voluntad; una mujer barre migas que el viento todavía anda releyendo; dos hombres se paran a discutir si el agua bajaba más fuerte en tal año o en tal otro, con esa seguridad de cifras invisibles que solo tienen quienes han visto el mismo lugar bajo cien cielos distintos.

Hay en Beteta una terquedad de agua.  No un río solo: muchos cauces, muchas venas. Y, sin embargo, cuando abres la mano en cualquiera de ellos, aparece la misma moneda: frescor, fertilidad, sosiego. Por eso los prados saben guardar la primavera más tiempo del que permitiría el calendario, por eso los chopos se ponen de acuerdo sin gritar, por eso el verde se quedaría a vivir en los umbrales si el invierno le diera permiso. Cuando el verano es fuerte, el rumor continúa en las acequias; cuando el invierno aprieta, los arroyos dibujan su costilla de cristal.  El agua no se va: cambia de ropa.

“Capital de la Serranía” se dice en Beteta con una mezcla de orgullo y responsabilidad. No es título de programa: es un contrato.  Significa que cuando el tiempo aprieta, aquí se encienden luces; que cuando alguien necesita papeles, aquí hay ventanillas y paciencia; que cuando la fiesta convoca, aquí suena el primer cohete y la última jota.  Ser capital no es mandar, es recibir. Por eso, en ciertos días, el pueblo parece crecer: llegan familiares, vecinos de las villas hermanas, caras que solo se ven dos o tres veces al año y que, sin embargo, guardan en la mirada la suerte de los de casa.  La sierra —esa palabra que vale lo mismo para una herramienta que para una cordillera— encuentra en la villa su punto de equilibrio: la herramienta que corta, la montaña que abraza.

Beteta de noche es otro animal.  Parece morderse la lengua para no decir en voz alta lo hermosa que está.  El cielo, si se libera de la luz de las farolas, baja de golpe; la Vía Láctea se suelta el pelo y los grillos hacen lo que pueden para que no se note el silencio.  En la calle, un gato se queda quieto frente a una sombra como quien recuerda.  Algún bar sigue abierto y las voces tienen la textura de la lana. 

En invierno, el pueblo aprende a recogerse.  La nieve, cuando aparece, le da la razón a las formas: el tejado ha sido pensado por alguien que sabía, la calle se estrecha para cortar el frío, la esquina protege de un viento que fue mapa y ahora es cuchillo.  El humo dibuja estampas sobre la tarde y a nadie le inquieta que el día oscurezca temprano: hay brasas y hay sobremesas; hay cuentos adentro, y el café es una casa dentro de la casa.  En esa estación, el pueblo se mira por dentro y encuentra lo que siempre guarda: su manera de resistir sin dureza, su forma de estar en pie sin perder la cortesía.

En primavera, la plaza se llena de inauguraciones pequeñas.  Una maceta más en algún balcón, un banco recién instalado que promete conversaciones nuevas.  En la vega, el río se permite ciertos excesos, y la hierba, de puro verde, casi lastima los ojos.  Es tiempo de preparar las fiestas como se prepara una casa para una visita querida.  Beteta abre las manos y caben más rostros de los que podría imaginarse en enero. Volver no es regresar: es continuar.

En verano, el tiempo cambia de cadencia y el pueblo se copa de gente.  La siesta parte el día en dos, y en ambos lados la sombra cuenta un relato diferente.  Por la mañana, la Laguna del Tobar y la Hoz ofrecen la caminata limpia y la promesa del agua, que se culmina con unos botellines de cerveza fría al regresar a la villa; por la tarde, vega y castillo brindan su panorama y el color “milagro” con que el sol se despide.  Las noches traen fiesta y tertulias que quizá no cambien la Historia, pero sostienen las historias.

En otoño, el pueblo se quita la prisa del verano como quien se quita un sombrero al entrar en misa.  La luz se vuelve vino blanco, y el aire, cálido de día, se vuelve cuchara al caer la tarde. Las hojas ensayan su despedida sin dramatismo.  Las manos vuelven a tantear los abrigos, y las conversaciones recuperan un tono de profundidad que la estación caliente había suspendido por cortesía.  La sierra baja un punto la voz para que escuchemos mejor.

Si uno quiere conocer de verdad un lugar, dicen, que se fije en las cosas pequeñas.  En Beteta, lo pequeño es capital: el clavo viejo que sigue sosteniendo un arreo, una grieta en el muro que se ha ganado el derecho a quedarse, una puerta que se abre con una llave que pesa más que la cartera.  La mujer que riega los geranios lo hace con un gesto ligeramente ceremonial, el niño que juega a la pelota en la plaza aprende a devolver el saludo, y con ese gesto inaugura una ciudadanía.  Hay higiene moral en el modo de colocar la silla al sol, de guardar silencio en el templo, de levantar la vista y sonreír cuando pasa alguien. Esa buena educación del paisaje y de las personas es una música muy baja que, sin embargo, define la melodía.

Así que sí: Beteta es arte y es naturaleza, pero sobre todo es manera.  Manera de hilar el tiempo, manera de poner el cuerpo en los lugares donde la vida suena mejor, manera de entender el agua como un verbo y la piedra como una promesa.  La Hoz enseña la vertical del asombro; las fuentes y cauces, la horizontal del alivio.  Rochafría recuerda que hubo fronteras y que ahora hay miradores.  La iglesia recoge las voces para que se escuchen unas a otras.  La Virgen de la Rosa enseña que la fe, cuando es de verdad, no divide: convoca.  Y las siete villas, dispersas como estrellas de una constelación serrana, dicen lo mismo con distintas sílabas.

Uno podría resumir así: en Beteta se aprende a pertenecer.  Y pertenecer es esto: cruzar la plaza y que alguien pronuncie tu nombre despacio; subir al castillo y que el horizonte te reconozca; entrar al templo y, sin preguntarte demasiado, saber en qué banco sentarte. 

Es también beber en la fuente y recordar sedes antiguas, mirar la cesta de mimbre y agradecer todos los panes posibles, escuchar a los ancianos y entender que la paciencia es una forma de inteligencia.  Pertenecer, al final, es aceptar que hay un sitio en el mundo que puede llevar tu número de pulso sin confundirse.  Beteta guarda ese sitio con una educación de sierra y una dulzura de valle.  Por eso quien llega y se va vuelve distinto, y quien vuelve, se queda un poco más.  Y el agua, que nunca deja de decir su lección, se empeña en escribirlo todo el tiempo: aquí, aquí, aquí.  Donde la piedra recuerda y la rosa no pincha.  Donde la vida, trenzada, dura.  Donde el rumor es un hogar.

Costampla

martes, 26 de agosto de 2025

Sarmientos de Fuego Dormido

 En Beteta, cuando la escarcha aún duerme sobre las piedras, Alejandro se adentra en la vega. Cada vara de mimbre es una conversación con la tierra: la toca, la observa, como si leyera en sus fibras los suspiros de la naturaleza.

Su abuelo le enseñó que el mimbre crece mejor cuando se lo respeta, y así lo cultiva, entre silencios y paciencia, cuando los chopos aún no despiertan y el frío no impide que la savia se prepare. El río Guadiela, tímido y persistente, acompaña sin hablar.

En su taller, el fuego crepita bajo haces de mimbre que esperan transformarse. Alejandro trenza sin prisa, como quien reconstruye historias: pastoras cruzando la sierra, niños escondiendo secretos entre las varas, gancheros que conocen el río por su sonido antes que por su cauce.

Dicen que el mimbre de Beteta tiene memoria. Que no se dobla sin querer. Alejandro lo cree. Porque cada cesto lleva algo más que forma: lleva el pulso de generaciones, el diálogo silencioso entre manos y paisaje.

En Beteta, el mimbre no es sólo cultivo. Es el idioma secreto con el que la Alcarria Conquense, en su abrazo con la Serranía, habla del tiempo y de quienes saben escucharlo.

Costampla

Primer premio "II Concurso de Microrelatos Beteta Cultural" 2025 

miércoles, 24 de abril de 2024

Compañerismo


Lo cierto es que la mitad de nuestra vida la pasamos en nuestro trabajo -eso siempre y cuando hayas tenido la suerte de encontrar uno, claro - y, como no puede ser de otra manera, esa abrumante circunstancia que el existir nos impone, en lógica deberíamos gestionarla en modo positivo y evitación de cualquier toxicidad que pudiera quebrantarla.  

Soy un firme convencido que, desde unos mínimos principios de saber estar, dedicación, honestidad y empatía, todas las personas deberíamos mimar nuestro espacio extra afectivo en la extensión de un día a día armónico en cuanto a nuestras relaciones con nuestro entorno y, si bien en muchísimas ocasiones no es comparable una afectividad cierta y profunda respecto de la circunstancial de lo que toca, en justicia una puede soslayarse con la otra, pues en tantas horas compartidas, no dudo que siempre puedes hallar a seres maravillosos que suman a tu vida de manera asombrosa.

Y así es, hallas a esas personas, y compartes alma, sentimientos, inquietudes, amistad, pues es lo lógico en la esencia del ser humano, lo que no quita que, en ese enjambre de dislocadas emociones, siempre halles discordancias de las que no entiendes determinados andares que cortocircuitan el rutinario acontecer.

¡Cuesta encajarlo, pero así es! Horas y horas a diario trabajando, debatiendo, aportando, recibiendo, interactuando en equipos multidisciplinares y, sin embargo, alguna que otra cara amargada, despropósitos incomprensibles, faltas de educación, pérdidas del común sentido... Tratas de aliviar estas tensiones... Tratas de minorar el nivel de emociones desbocadas, tratas de armonizar el espacio y, lo que concluyes, es que, lejos de la idea del objetivo común de encarar y encajar un diario encuentro obligado, asoman personajes cuyo único objetivo parece ser el acomodo de su propio ego, en modo trepa, aun a costa del remiendo e incluso sometimiento de los demás.

Muy claro tengo que estas elucubraciones dan para mucho.  Por supuesto que acepto que cada cabeza es un mundo y sus circunstancias. Asumo que mi idealización del día a día no tiene porque converger con los trasuntos de cualesquiera otros... ¡faltaría más!  pero coño ¡Que la vida son dos días! que nos pasamos la mitad de nuestro caminar vital en el curro y no se nos ocurre nada bueno para los demás... 

De verdad... ¿No es un asunto para reflexionar?  

domingo, 8 de noviembre de 2020

Felicidades hermanas


 


Dos mellizas asomaron a la vida,

cuando aún este poeta, en pañales se vestía,

dos sonrisas que de luz llenaron mi infancia,

dos corazones a los que yo llamo hermanas,

que al mundo vinieron de otra madre, mi tía.

 Pues tres madres, tiene este que escribe:

Modesta, Isabel y la Virgen María.

 

Es curioso que llegasteis, en estación de hoja seca,

cuando siempre habéis supuesto, para mí la primavera,

tardes en el parque de atracciones,

días inolvidables en Madrigal de la Vera,

en la charca, entre pinares, en el Prado del Poeta

y Pascuas en La Calzada correteando en la iglesia.

 

Felicidades hermanas, disfrutad de vuestro día,

que os colmen de bendiciones, de achuchones y caricias,

que disfrutéis de los vuestros, en este día de magia,

que nunca se pierda en vosotras, la esencia de la esperanza.

 

Felicidades, mis niñas, a vuestra salud, mi copa se alza,

un brindis por el amor, nacido del corazón, de vuestro hermano,

que os ama.

 

José Carlos

08/11/2020

sábado, 7 de noviembre de 2020

No es tarde

 No parece profundo, pero sigue sangrando y no todo lo que parece, afirmación merece, pues profunda la herida es.

Toda una existencia de sacrificio y mucha gente querida que ha quedado en el camino; doloroso es el destino, mas la vida es la que es y no queda, si no asumir el papel, abnegado y transitivo, de aceptarla siempre en pie.

Y en tanto, vosotros, quien tanto le debéis, os ausentáis de esto esgrimiendo tontas excusas, blandiendo frágiles razones de sustento insuficiente, dejándoos  llevar por la cómoda corriente y acabando en una exclusa, que os impide en vuestra dejadez continuar un camino en el que en sabiduría os iniciaron y que en ignorancia acabáis.

Mirad hacia aquí y no traicionéis a vuestro corazón.  Llevar la vista a otro lado, sólo supone traición a quien tanto y tanto ha dado y se siente abandonado tras una vida de entrega que, en cariño  a vosotros,  entera la consagró.

No soy quien para juzgaros, siquiera para meterme en vuestra piel, tan sólo deciros que, la vejez, a todo mortal le llega y  que más pronto que tarde, el tiempo todo pondrá en su lugar.  Quizás merezca la pena, desde el alma reflexionar y desde el amor más profundo, poder doblegar su pena… Quizás no sea tarde para rectificar, que es lo que de vosotros se espera.

Quizás es tan sencillo como obrar como el corazón piensa dejando las banalidades en el ángulo más sombrío del trastero de vuestra existencia, pues dudo que el agua de la misma fuente se corrompa tanto tan sólo por recogerse en diferentes frascos.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Operaciones a cerebro abierto...

 


Ya han pasado dos años desde que la vida nos cambió para siempre… Mucho miedo, angustia e incertidumbre y por encima de todo eso un alma empecinada en destrozar tópicos, en silenciar malos augurios y mandar a casa a las plañideras… Fuerza, coraje, valor… Amor recogiendo en su lecho cualquier atisbo de incertidumbre… Una sonrisa… ¡Esa sonrisa!... eterna, perenne aun en el chaparrón… Ese carácter… ¡Impasible!, esa fuerza… ¡Imparable!.

¿Qué puedo decir de esto, hijo? ¡Nos estás dando a todos una lección de vida! una vida, que quizás mi niño, andaba dormida y que despertó repentinamente cagada de miedo… Una vida que cobró sentido y fuerza, cuando hubo de salir al albero… Cuando sintió que no es lo mismo  el tendido que tener que saltar al ruedo… Cuando la vida de golpe te da una leche para demostrarte que eres muy, muy pequeño, y el ombligo una fosa tonta entre millones y millones de hoyuelos… Una cavidad indiferente entre oquedades sobre las que para nada el mundo gira…

Dos operaciones a cerebro abierto… Radio, quimioterapia… y por fin, parece que se abre un nuevo horizonte… Revisiones trimestrales y plena confianza en que las fotografías de las resonancias periódicas jamás vuelvan a mostrar un mal presagio…

Joder hijo, que lección de vida nos estás dando… Joder hijo, que orgullo me transmites… también tu madre y hermano… Joder hijo…. Mira todo lo que has pasado y resulta que a la fecha, te comes la vida a bocados…  Joder hijo, de mi vida, abanderado…

¿Por qué a ti?... ¿Y porque a otros?... Bien sabes de tus compis en un hospital chiquito… y son tantos y tantos… 

Pues porque es así… Porque toca y toca y se trata de coger el toro por los cuernos y doblarlo… Porque nadie definió de la vida un camino sino que, el camino, lo camina uno según la vida por delante se lo pone… Porque tenemos que ser capaces de asumir que nos rodea una incertidumbre vital que quizás un día pueda apoderarse de nosotros…  Sabes hijo que cuando menos lo esperábamos ¡De nosotros se apoderó!

Ocurre… doy fé, que siento la voracidad con la que estás doblegando a esto… que me asombra tu capacidad para barrer la negatividad sembrando un camino de luz… Ocurre, doy fé, que la fortaleza de tu esencia es ajena a cualquier límite… Ocurre, mi niño, que la fortaleza omite a la desavenencia… Ocurre que tu motivación aplasta a la incertidumbre no entrando en juego la rendición…

Y todo ocurre que ocurre, y resulta que para ti, amor mío, no hay ocurrencia, ni mal que mil años dure que no pares tu a collejas, para que nunca perdure….

 

…¡Ole tus cojones!

martes, 27 de octubre de 2020

Amor de Hermano.- Un rap desde el corazón.

El resplandor que fluye del sincero Amor entre los hijos no puede ser comparable ni con el brillo de millones de estrellas en una noche clara.

Fluye la poesía envuelta en una base de rap desde lo más hondo de un corazón roto de dolor que se mantiene compacto con fuertes apósitos de esperanza.

Escuchando esta canción puedo afirmarme a mi mismo que quizás haya cosas que hemos construido bien.

Gracias Carlos por expresar tus sentimientos.  Gracias Dani, por ser tan fuerte.

Amor de Hermano .- Escrita e interpretada por Helguera

martes, 5 de mayo de 2020

La primavera robada

LA PRIMAVERA ROBADA

Hola mamá:
Ayer debió ser el día en el que te escribiera, pero me hervía la sangre y no creo que eso sea lo que una madre espera de su hijo.  Dicen que era tu día, sí, pero para mí, tu día, son todos los del año, sin excepción, y dado mi mal rollo de ayer, preferí correr un tupido velo sobre mi mal eje y esperar a que el cielo escampara.
Porque ¿sabes una cosa?, no quiero sino escribirte palabras bonitas y para nada transmitirte mi desasosiego… Y tú me dirás…”Pero que me cuentas, hijo, ¡si desde aquí arriba veo todo!”… y yo te diré… “¡Ya, mamá, pero siempre te ha gustado hacerte la sorprendida con mis secretos, que no sé por qué razón, de antemano ya conocías”
Y mira mamá, es un secreto a voces, pero ¿sabes?, ¡Nos han robado la primavera!, como lo oyes mamá…  ¡La primavera, así, por la cara!...
Te complacerá saber, mamá, que no del todo, pues bien sabes que para mí, primavera es todo lo que aporta vida, y vida aporta el sacrificio, la lealtad, el afán de superación… Vida aporta la entereza ante situaciones imposibles… Vida aporta la firmeza en demostrar que el esfuerzo, hace firme lo increible…  Vida aporta la razón, la del común sentido, que en un espíritu bueno, motiva al común latido…. Vida aporta, de un corazón su gemido… Luchando por la ilusión…
Y vivo, mamá, vivo… del modo en que me enseñaste, sabedor que, aun prisionero de un lastre, nunca será desastre, pues la base de su arrastre, sólo es peso, nunca aguante, y mi espalda, tiene anchura sin temor…
Me he ido de caña, madre…. ¡Que nos han robado la primavera, mamá!...
Ya, ya sé, que he diferenciar entre lo banal y lo importante… ¡Que todos estamos bien, mamá! ¡Que no nos falta el ánimo, que la desazón no puede con nosotros!.... Dime…
-¿Puedes regalarme una flor, hijo?-
-Claro, mamá, aquí la tienes…-
-Gracias, mi vida…. ¡Escucha!...-
-Nadie te robó nada, pues sigue polinizando tu alma…. A quien piensa que te robó la primavera, contéstale que su corazón es un terrible otoño de emociones secas descoloridas…. Y a quien agriete tu calma, dile que el tiempo, hará justicia…-
-Duerme mi niño, duerme… que aún quedan muchos días…

jueves, 30 de abril de 2020

Todos a la vez, a la de tres

-En cuanto se abra la puerta nos vamos, el tiempo es oro- -Tic, tac, tic, tac-
-He tenido que enterarme por la tele-
-Bueno, son los medios los que nos cuentan las cosas ¿no?-
-Ya, pero ¿tú tienes claro lo que hay que hacer? ¿Tienes clara, estudiada, contrastada  y analizada desde tu sentido común la información suficiente? ¿Valoras a lo que nos exponemos?-
-¡Vaya, ya estamos con las rayadas...! Mira tío... ¡no te queda otra que confiar!-
-Ok, ok.... No es mi intención malmeter-
-¡Vale, entonces venga, prepárate que vamos por fin a pisar la calle!-
-Sal tú que si eso yo ya...-
-¿Cómo, que pretendes quedarte en casa?-
-Nada se me ha perdido ahí afuera-
-¡Pero venga, tío! ¿Qué dices?-
-Que necesito tomarme mi tiempo-
-¿Más tiempo del que te has pegado confinado entre cuatro paredes estos últimos meses?... ¡Estás loco!-
-Pues sí, necesito tiempo....-
-¡Oye, se acabó el tema, haz el favor de dejar de negativizar todo y sal!-
-Pues no-
-¿Cómo que no?-
-¡Cómo que no me apetece ni me da la gana!-
-¡Estás loco, tío!-
-Probablemente...
-¿Qué es necesario para que te convenza?-
-Nada, absolutamente nada... Tú déjame que tome mis propias decisiones y sé libre de tomar las tuyas-
-¿Pero que te pasa, tío?-
-Que tengo una inseguridad tremenda-
-Pues ya es hora de que derrotes tus miedos-
-Agradezco tus palabras, pero tu lo has dicho... son mis miedos, no los tuyos y el miedo es libre-
-Detecto destellos de cobardía-
-Yo detecto, sin embargo, quintales de irresponsabilidad y un empeño desmesurado en dejar al azar cosas vitales-
-No tienes huevos, amigo-
-No tienes cabeza, chaval-
-Oye, te estás pasando-
-¿Quién ha empezado primero?-
-Tú, con tu negatividad-
-¿Acaso te he forzado u obligado a algo?-
-¡No puedo consentir que te quedes en casa!-
-¡Yo no puedo consentir tu derecho a fustigarme si no acepto la verdad que nos venden!-
-No es mi verdad, es la verdad...-
-Lo absoluto no existe más que en ciertas intolerantes cabezas-
-Cada vez me queda más claro que eres un intolerante-
-Oye tío... a ver si queda claro... que hagas lo que te salga de los huevos... que sólo te digo que necesito tomarme mi tiempo para encajar piezas!
-¡No las encajas porque eres un ser cerrado y perdona que te lo diga así!-
-Oye, insisto... haz lo que que desees, que faltaría que yo te privara, pero no me hagas comulgar con tus ruedas de molino!-
-¡Esto no puede seguir así!-
-¿El que?-
-Tu cerrazón-
-¿Perdon?-
-¡Que si es necesario te doy dos hostias, pero que tu sales hoy a la calle!-
-¡Vaya, resulta que conozco a Harry el Sucio y no lo sabía!-
-¡No me toques los huevos!-
-Para nada mi intención, pero que oye, que hagas lo que creas por oportuno-
-No sin ti-
-¿Por que me arrastras?-
-Porque es lo mejor para todos-
-¿Para quienes?-
-Para nosotros-
-¿Por que tú lo dices?-
-¡Por que lo dice todo el mundo, joder, que no te enteras!-
-Pues mira, no... desde luego hoy, no voy a ninguna parte y deja ya el tema por que me tienes hasta los mismos-
-¡Ya asomó el fascista!-
-¿Pero tú te escuchas?-
-¡Venga coño, te hablo de sentido común y me la lías parda!-
-¿Que yo que----?
-¡Que siempre la lías!-
-No te entiendo, no he podido ser más sincero contigo-
-¡Tenemos que ir todos juntos, a la vez, a la de tres, pero eso no lo entendéis!-
-¡Claro que sí, a la de tres todos juntos...!-
-¿Y entonces, porque no sales?-
-¡Porque tengo la libertad de hacer lo que considere por oportuno siempre y cuando no perjudique a terceros, y está claro que es mi decisión, el quedarme en casa de momento!-
-Pero ninguneas a la sociedad-
-No, claro que no, para nada-
-Está claro que vas a contracorriente-
-Y yo veo claro que te conformas con lo que te cuentan y no derrochas ni un ápice de tu inteligencia en luchar por ser libre tomando tus propias decisiones sin ser parte de un rebaño-
-Lo siento, pero insisto, eres un fascista-
-Buenas noches, Epi-
-Buenas noches, Blas-

*PODEMOS LLAMARLO DIÁLOGO DE BESUGOS O PODEMOS SIMPLEMENTE ANALIZAR EL FONDO DE LA CONVERSACIÓN... NO SE TRATA DE UNA REALIDAD, DE UN HECHO PUNTUAL, SE TRATA DE REIVINDICAR LA LIBERTAD DEL PENSAMIENTO HUMANO Y UNA DENUNCIA A LA FALSEDAD Y LA MANIPULACIÓN.

*Costampla

sábado, 25 de abril de 2020

Hora de ser personas


Sara solloza en el sofá, pesarosa con la cabeza envuelta entre las manos.  No hay rímel asimétrico descendiendo desde sus pestañas, básicamente por dos cosas: El rímel es un objeto de lujo que no está al alcance de todos y además tampoco es necesario tras meses y meses de confinamiento en casa.
Todo empieza como un juego; sí, parece un puto juego… Un virus que asoma en China (es curioso que cuando te dicen te ha tocado la china, parece una cuestión de fortuna o de exceso pre-risas-mil… ¡yo me entiendo!), algún caso puntual de contagio en Europa… ¡Todo controlado! Nos dicen… No pasa una semana que el centro en el que trabaja cesa puntualmente su actividad consecuencia del bicho… -Lo sentimos, pero si hacemos teletrabajo no tiene sentido que vengas a limpiar aquí…  -Estate tranquila, nos haremos cargo de todo, si no lo hará el Estado… ¡Se fuerte, pronto nos veremos!...  Al día siguiente, el Estado ordena quedarse encerrados en casa, tanto a ella como a los suyos… ¡Tranquilos, tranquilas… todo está controlado… nadie se quedará desprotegido!...  Y Sara, aunque pudiere parecer una frivolidad, hasta lo ve con buenos ojos… Tengo un hijo inmunodeprimido, piensa… ¡Año y medio luchando contra su cáncer y ahora arriesgar saliendo a la calle para traer un nuevo problema a casa…! ¡Mejor así, además nos arropan!...Y así lo hace, ¡a rajatabla!, encerrada en un piso de apenas sesenta metros, como tantos y tantos… Bueno, con un matiz importante… Un segundo piso en un edificio de nueve, compartido por cuatro personas y además orientado al norte… vaya, que ni un jodido rayo de sol en todo el día… Por suerte, el otro hijo lo está dando todo, pero no deja de ser un joven a quien todo esto supone un matiz puntual en una vida que ya tenía idealizada de un modo totalmente distinto y en la que observa todo esto como una mera y puntual anécdota.  Los días pasan, no hay ingresos por el ERTE tan provisional que prometían, Hacienda no devuelve lo que le debe (y es mucho), tampoco responden los servicios sociales tras haber pasado ya año y medio desde que al chico le reconocieron una discapacidad del 79%....  No entra un duro en casa ¡Ni un duro!... ¡Pero tranquilos… el Estado os protege!  En tanto, personas mayores ceñidas al alma con las que sólo contactar por teléfono… Personas solas incapaces de entender que en el ocaso de sus días el mundo… Por suerte, la vida les ha enseñado a ser fuertes (han dejado demasiada gente el su camino), por suerte, su puntual salud o el hecho de estar en el lugar adecuado en el momento hiperpreciso, les está salvando la vida…
Llamadas de teléfono, whatsapps… todos te dicen estar bien… todos te dicen tener algún caso cercano, ya sea de infección o de muerte, todos te hablan de su mal momento laboral… Pero todos con la mochila tirando, todos dándole al remo, todos, tarde a tarde, dando un homenaje a esa gente sencilla que, por su profesión, toca el cielo de la entrega hacia los demás sin siquiera habérselo propuesto; simplemente por pura profesionalidad, humanidad y empatía…  Todos… sí… ¡lo recalco!  A mí no me van los aplausos cuando cada día nos dan cifras de cientos y cientos de muertos, pero reconozco que es una bonita consideración el aclamar día a día a todos aquellos que se lo dejan todos por los suyos, ya sean sanitarios, policías, militares, reponedores, personal de limpieza, cajeras, carniceros, polleros, conductores, celadores, sacerdotes, orientadores, profesores y tantos y tantos otros….Os contaré mi día a día… Todos los días, a las doce, en Madrid se hace un minuto de silencio… Todos los días, desde mi terraza y a los decibelios que pueda dar el bafle cutre que compré para tocar mi guitarra eléctrica, suena el Toque de Oración en mi calle… un sentido homenaje a todos aquellos que dieron su vida en una nación maravillosa como la nuestra… Luego, por la tarde, en el momento de los aplausos de las ocho, llevo semanas culminándolos cada día con nuestro Himno Nacional, en un reflejo de unión, sentimiento de solidaridad y la glorificación de la historia y nuestras tradiciones… A partir de ahí, soy comprensivo con quien sigue bailando desde sus terrazas, soy totalmente entregada a toda esa gente que demuestra ganas de vivir por encima de la desazón de tanta muerte y crueldad.
¡PUES SABÉIS UNA COSA?
¡YA HE SOLTADO LASTRE Y CON TODO ESTO, QUE TAN SOLO ES UN POQUITO….!
¿PENSAIS NI POR ASOMO QUE DE ESTA NO SALDREMOS?
Solo pido una cosa, por dios…. Haced un poco de autocrítica y ser por fin personas

miércoles, 25 de marzo de 2020

Nadie dijo que fuera fácil



En sus habitaciones, los hijos estudian online. Están perplejos; responsablemente perplejos encerrados en sus cuartos, tratando de digerir que es lo que nos está ocurriendo…
¿Quién está tras la puerta? … No llama, no pulsa el timbre, pero lo presiento, sé que está ahí…
No, no me estoy volviendo loco, pero cierto es que de un tiempo a esta parte visto de centinela y es esa tensión la que me hace sentirme vivo.
Todos los días, a todas horas llegan noticias… terribles noticias… Un familiar, un vecino, un buen amigo…
Año y medio luchando por el tumor que golpeó a un hijo y, ahora que todo tiene color esperanza, ahora, después de tanta lucha y desvelo, todo parece más sombrío que nunca y soy más centinela que nunca…
Me duele en el alma pensar en esa gente a la que sus allegados no pueden despedir como es debido… Me destroza el saber que tanta y tanta gente mayor se encuentra tan sola y vulnerable… Me agrieta el alma la incertidumbre de lo desconocido…
Pero también me da alas el saber que estoy rodeado de tanta y tanta gente buena… Sanitarios, reponedores, policías, limpiadoras, militares, estanqueros, quiosqueros, transportistas, voluntarios…
Tanto y tanto corazón, tanta solidaridad y comprensión, tanto sentido común y generosidad…
Yo creo en Dios, sí y seguramente algunos de ustedes no… Pero permítanme que les diga que en sus gestos y entrega es donde está la verdadera esencia de la deidad…
Amor por los cuatro costados, motivación, lealtad, amistad, fraternidad, compañerismo, empatía…. Valores, un demencial vendaval de valores…
Saldremos de esta y no dudéis que nuestras espaldas están hechas para llevar cuanta carga se precise, porque somos como somos, porque somos extraordinarios…
Queda camino que andar, nadie dijo que fuera fácil… pero lo conseguiremos compis.

Cuidaros mucho…

José Carlos

sábado, 21 de marzo de 2020

Tras la tormenta

Confinado en cuatro paredes
con mucho tiempo para pensar
en la calle no se oye ni un alma
parece dormida mi ciudad.

Pero no es verdad,
está más despierta que nunca,
en un gesto de responsabilidad,
en familia, cuidándose entre todos,
derrochando solidaridad.


Remando juntos, pasará la tempestad,
todos a una empujando sin cesar,
saldrá la luna, más tarde amanecerá,
un nuevo día, la esperanza siempre está.

Esa mochila que tenemos que llevar,
es más ligera si mostramos unidad,
son malos tiempos que sabremos superar,
tras la tormenta, la calma llegará.

Que no te machaque la tristeza,
que en tus sueños siempre haya luz,
que no te derrote la impaciencia,
y que siempre estés brillando tú.

Esas trampas que pone la vida,
son pruebas que hay que superar,
paso firme y cabeza arriba,
sigue peleando hasta el final.

Remando juntos, pasará la tempestad,
todos a una empujando sin cesar,
saldrá la luna, más tarde amanecerá,
un nuevo día, la esperanza siempre está.

Esa mochila que tenemos que llevar,
es más ligera si mostramos unidad,
son malos tiempos que sabremos superar,
tras la tormenta, la calma llegará.


jueves, 20 de junio de 2019

Pescador


Hay un dicho popular que sentencia “Ningún pescador de caña ni molinero de viento necesitan escribano para hacer testamento”…
Quiero Paulino, de mi madre hermano y por legado, tío, hacer de estos versos, nacidos del corazón, un homenaje sentido, a alguien que a mi vida, mucho de bueno aportó.
De caña era y entre cañaverales, cañas con los suyos, caña “pal pelo” y caña de fórmula uno cuando la vida olía a humo… con esa caña pescó, el cariño de los suyos, mi tío, el pescador.
Una caña de vida, sí… Una caña de persona, a la que nada arrincona ni nada arrinconó… Hostias como panes de la vida recibió y con mano firme y dura, a la vida traicionera, esas hostias devolvió.
¡Qué puñetas, no fue fácil! ¡Puta guerra y la madre que la parió!
¡Cuánto sudor para una puta peseta y encima pidiendo perdón!
Trillando campos de trigo o de paleta en la construcción,
Esto lo saco adelante, ¡pues no soy yo cabezón!
¡Qué aterricé en Torrejón y no me hacía falta una Base, tan sólo un poco coraje y dar todo el corazón!
Hoy te has marchado, tío, con la vida ya has cumplido, siempre dando lo mejor.
Hoy tomas un nuevo camino, perfecto y definitivo… Te llevo en el corazón.

A Paulino
DEP 19/06/19

sábado, 1 de junio de 2019

Mi espejo


Ya vas de camino al cielo,
tu sonrisa, te acompaña,
vuela, Emilio, sube sin miedo,
 te están esperando en casa.

Avanza firme, padrino,
que la senda no es muy larga,
que la diseño, el destino,
a medida de tus tablas.

Acá dejas tus hazañas,
sin ostentar malla en traje,
común sentido, templanza,
amor verdadero y coraje..

Serrano, de casta pura,
abnegado compañero,
no hubo toro en el albero,
que generara en ti duda.
por la izquierda o la derecha,
mano templada y dura,
verónicas a dos manos,
con poderío y bravura.

¡Me quedo con tu ternura!
fuiste guía en mi camino,
generoso fue el destino,
de que fueras tú mi luna.

Descansa, corazón mío,
descansa, espejo… Descansa,
que en la ribera del río,
aun siendo el invierno frío,
darás calor a mi alma.

A mi padrino
31/05/2019
DEP

domingo, 3 de marzo de 2019

La vida en cabestrillo

Una explosión, como pasa el tiempo,
¿quién soy ahora?, no me reconozco en el espejo,
el reloj marcó la hora, campanadas de miedo,
quería que el mundo parase… traicioneros nervios…
Y no, no se paró ni el mundo, ni el tiempo,
incluso no caí, en el desaliento,
fueron canciones mis versos, montañas de amor,
coronadas  por azures de esperanza,
fueron acordes los truenos y los relámpagos, calma,
y a la espalda, una mochila y fuerza para llevarla.

A perro flaco, todo son pulgas, así dice el refranero,
un quiero, pero no puedo, la vida dando la murga…
creo en la utopía, se conducir en curvas,
ya pasará el invierno, despejarán las brumas…

Y sonreís, vuestro rostro ahora es brillo,
de la noche a la mañana nos sonrió la vida,
parece pasó la tormenta, parece, se ahogó la duda…

Y la vida en cabestrillo,
con el alma agradecida,
y al corazón sacando brillo…

Felicidad por bandera,
parece que hoy, vencimos.
no se ha acabado la guerra,
pero que bien nos sentimos.


Archivo del blog

Visitas al blog