Here comes the sun, And I say,
"It's all right" (aquí viene el sol" y todo está bien)
THE BEATLES
Yo tenía
cuarenta y ocho años cuando el mundo dejó de serlo. Yo tenía cuarenta y ocho años cuando la
poesía silenció, enmudeció el arrojo y la fe, comenzó a quebrarse…
Mi hijo
pequeño, que acababa de cumplir dieciocho, era por aquel entonces un joven
entusiasta y extrovertido, que soñaba con campos de césped y porterías, con la
música de la grada y el roce del balón en la bota...
Un joven que,
de un día para otro, empezó a sentirse indispuesto, entre insistentes dolores
de cabeza, mareos, náuseas y desavenencias con la visión. Señales que, en un principio no parecían más
que vaivenes pasajeros, se tornaron preocupantes, así que la prudencia nos
llevó al médico, a salas blancas donde se miden los temores.
TAC fue la
palabra que cambió la geografía de nuestras vidas. La imagen que delataba, la voz que dijo “tumor
maligno” y empujó de pronto toda nuestra razón de ser, que se volvió paisaje de
urgencias de quirófanos, de pruebas, de analíticas… Calendarios que se llenaron
de citas y de silencios. La vida se amontonó
en esto, y en la espera eterna entre una salva y otra.
Le operaron
dos veces… Le radiaron; le trataron con quimioterapia. Quedaron secuelas, huellas que el cuerpo no pudo
borrar, mas hubo un tiempo en que la enfermedad pareció condescender, como si
el cuerpo hubiera encontrado una tregua y el azar, con su terquedad, concediera
una segunda oportunidad.
En ese lapso
de tregua, enterramos sueños rotos… Partidos
que no se jugaron, planes que se desvanecieron entre destellos de una juventud recortada por la necesidad de
sobrevivir.
Pero la vida,
que es también un oficio de tenacidad, nos dio un nuevo amanecer. Aprendimos a celebrar las pequeñas victorias,
los días sin dolor, las sonrisas francas, la capacidad de caminar sin que el
miedo marcara cada paso. Nos aferramos a
esas cosas como quien se agarra a una cuerda en un intermedio del mar.
Cinco años
después, la bestia despertó de su letargo. La recaída fue un golpe que nos dejó sin
aliento, con pocas opciones y pronósticos sombríos, con la sensación de que el
tiempo se nos escurría entre los dedos.
Sin embargo,
la medicina, que en sobradas ocasiones, hace milagros de circunstancia con un tratamiento inesperado, se afirmó con respuesta
que nadie esperaba, y la enfermedad se detuvo. No se curó, no se fue para siempre, pero se
aquietó; dos años de calma que supimos valorar como quien recibe un regalo quimérico…
Vivimos esos
años con la cautela de quien ha aprendido que la paz puede ser frágil, pero
también con la gratitud de quien ha visto la luz después de una tormenta en el
bosque.
Ahora, dos
años después, la fiera ha vuelto con más ímpetu. El cuerpo ya no admite más torturas y las
puertas que abrirían éstas se cierran una a una. Las posibilidades se
desvanecen como niebla al amanecer. El
ánimo se quiebra, los cuerpos envejecen de golpe, y la esperanza, que siempre
ha sido faro, se tambalea. Queremos que él
se cure, esa voluntad es una llama que no se apaga, pero el zarpazo de la vida
se repite, y la fatiga se instala en los huesos y en la mente. Mantener la esperanza se vuelve un acto de
cotidiana bravura.
En medio de
ese páramo de miedo y cansancio, hay una constelación de entidades que no se
rompen, como la ternura que nos enseñó a mirar, la paciencia con la que
aprendimos a esperar, la fidelidad de quienes siempre nos acompañaron.
La sabiduría,
brota de la experiencia, la cual nos ha enseñado a distinguir entre lo que
podemos controlar y lo que no, a invertir nuestras fuerzas en lo que aún es
posible, a estar, a acompañar, a sostener…
Hemos aprendido
a medir el tiempo en gestos, mediante una mano que aprieta otra mano en la madrugada,
o una palabra que calma, o una canción que devuelve el aliento. ¡Gestos que son la arquitectura de la confianza!
Tuvimos que
aprender a mirar la enfermedad con ojos nuevos. Ya no es solo palabra médica perdida entre
protocolos deontológicos, si no presencia que exige de ternura. Aprendimos a leer en el silencio de su alma
quebrada, en su valentía, que no siempre se muestra en la voz pero destaca en
la pose. Vimos cómo, a pesar del dolor y
de la fatiga, el deseo de vivir seguía ahí, como una raíz que se niega a dejar
de buscar agua. Vimos también la manera
en que el amor de padres, de la familia, de los amigos, se convirtió en un
escudo cotidiano… Visitas que no fallan, risas que se cuelan entre los
tratamientos, historias que devuelven la memoria de lo que somos cuando el
miedo es incapaz de definirnos.
La bondad de
la gente que nos rodea ha sido un bálsamo. Vecinos que se convierten en familia, amigos
que sostienen la alacena de la vida, profesionales que no solo aplican técnicas
sino que ofrecen consuelo. En la delgadez
descubrimos la generosidad de los otros, y esa generosidad nos devuelve la fe
en la humanidad. Cada gesto, por pequeño
que parezca, es una piedra que colocamos en el puente que nos lleva hacia la
esperanza.
No niego la fatiga.
Hay noches en que el cansancio pesa como una plancha y la desesperanza masculla
con voz insistente. Hay mañanas en que
la desazón se instala en la garganta y cuesta respirar. Pero también hay mañanas en que la luz entra
por la ventana recordando que la vida sigue siendo posible, instantes en los
que la esperanza se vuelve decisión; decisión de amar, decisión de estar,
decisión de creer que aún existen caminos por explorar.
La esperanza
no es ingenuidad, si no práctica que se cultiva con actos concretos y, es en
esa práctica, donde hemos aprendido a celebrar la vida en sus detalles, como
una comida compartida, un partido de fútbol en familia, una conversación que se
alarga hasta la noche, celebrando la
risa cuando llega, la mirada clara cuando aparece, la mano cuando aprieta con
fuerza… Celebramos la paciencia, virtud que nos permite sostener el día a día
sin que el miedo nos devore, una forma de amor que no siempre se reconoce, pero
que sustenta la casa entera.
En medio de
todo esto, certezas que no se dejan vencer sustentadas en el amor profesado sin
rendición. Ese amor es la energía que nos impulsa a buscar alternativas, a
preguntar, a insistir, a no aceptar el silencio como respuesta definitiva. Ese amor nos hace creativos, nos hace persistentes,
nos hace humanos. Nos obliga a mirar más
allá del pronóstico y a encontrar, en cada día, una razón para seguir luchando.
Sin prometer
certezas que no existen, sin asegurar que la enfermedad se irá, puedo afirmar
con toda la fuerza de mi alma que la esperanza es una decisión que tomamos cada
mañana. Podemos elegir que el final de
esta historia no sea la derrota del ánimo, sino la victoria de la ternura y la
solidaridad. Podemos decidir que, aunque
el camino sea duro, lo recorreremos juntos, con la dignidad de quien no se
rinde.
Así, con la
mirada puesta en lo que aún es posible, sostenemos la esperanza como quien
sostiene una lámpara en la noche. Creemos
en la posibilidad de un giro inesperado, en la bondad de la ciencia, en la
fuerza del amor universal. Creemos en la
capacidad de los cuerpos para resistir y en la capacidad del espíritu en la fe,
para encontrar razones por las que seguir. No nos resignamos a la desesperanza, la
transformamos en acción, en cuidados, en presencia, en sanadoras palabras.
Todo saldrá
bien porque no nos rendiremos. No porque
la enfermedad ceda por precepto, sino porque haremos de cada día una batalla de
amor, y en esa batalla la vida encontrará sus rendijas para sembrar.
La esperanza
no es una promesa vana; es la decisión de creer que, aun en la noche más
cerrada, la luz puede volver a nacer. Mientras
tengamos aliento, mientras nuestras manos se entrelacen, mientras los corazones
no se cansen de amar, mantendremos la certeza de que todo, de algún modo,
saldrá bien.
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