domingo, 22 de marzo de 2026

HERE COMES THE SUN

 

Here comes the sun, And I say, "It's all right" (aquí viene el sol" y todo está bien)

THE BEATLES

 

Yo tenía cuarenta y ocho años cuando el mundo dejó de serlo.  Yo tenía cuarenta y ocho años cuando la poesía silenció, enmudeció el arrojo y la fe, comenzó a quebrarse…

Mi hijo pequeño, que acababa de cumplir dieciocho, era por aquel entonces un joven entusiasta y extrovertido, que soñaba con campos de césped y porterías, con la música de la grada y el roce del balón en la bota...

Un joven que, de un día para otro, empezó a sentirse indispuesto, entre insistentes dolores de cabeza, mareos, náuseas y desavenencias con la visión.  Señales que, en un principio no parecían más que vaivenes pasajeros, se tornaron preocupantes, así que la prudencia nos llevó al médico, a salas blancas donde se miden los temores.

TAC fue la palabra que cambió la geografía de nuestras vidas.  La imagen que delataba, la voz que dijo “tumor maligno” y empujó de pronto toda nuestra razón de ser, que se volvió paisaje de urgencias de quirófanos, de pruebas, de analíticas… Calendarios que se llenaron de citas y de silencios.  La vida se amontonó en esto, y en la espera eterna entre una salva y otra.

Le operaron dos veces… Le radiaron; le trataron con quimioterapia.  Quedaron secuelas, huellas que el cuerpo no pudo borrar, mas hubo un tiempo en que la enfermedad pareció condescender, como si el cuerpo hubiera encontrado una tregua y el azar, con su terquedad, concediera una segunda oportunidad.

En ese lapso de tregua, enterramos sueños rotos…  Partidos que no se jugaron, planes que se desvanecieron entre destellos de una  juventud recortada por la necesidad de sobrevivir.

Pero la vida, que es también un oficio de tenacidad, nos dio un nuevo amanecer.  Aprendimos a celebrar las pequeñas victorias, los días sin dolor, las sonrisas francas, la capacidad de caminar sin que el miedo marcara cada paso.  Nos aferramos a esas cosas como quien se agarra a una cuerda en un intermedio del mar.

Cinco años después, la bestia despertó de su letargo.  La recaída fue un golpe que nos dejó sin aliento, con pocas opciones y pronósticos sombríos, con la sensación de que el tiempo se nos escurría entre los dedos.

Sin embargo, la medicina, que en sobradas ocasiones, hace milagros de circunstancia con  un tratamiento inesperado, se afirmó con respuesta que nadie esperaba, y la enfermedad se detuvo.  No se curó, no se fue para siempre, pero se aquietó; dos años de calma que supimos valorar como quien recibe un regalo quimérico…

Vivimos esos años con la cautela de quien ha aprendido que la paz puede ser frágil, pero también con la gratitud de quien ha visto la luz después de una tormenta en el bosque.

Ahora, dos años después, la fiera ha vuelto con más ímpetu.  El cuerpo ya no admite más torturas y las puertas que abrirían éstas se cierran una a una. Las posibilidades se desvanecen como niebla al amanecer.  El ánimo se quiebra, los cuerpos envejecen de golpe, y la esperanza, que siempre ha sido faro, se tambalea.  Queremos que él se cure, esa voluntad es una llama que no se apaga, pero el zarpazo de la vida se repite, y la fatiga se instala en los huesos y en la mente.  Mantener la esperanza se vuelve un acto de cotidiana bravura.

En medio de ese páramo de miedo y cansancio, hay una constelación de entidades que no se rompen, como la ternura que nos enseñó a mirar, la paciencia con la que aprendimos a esperar, la fidelidad de quienes siempre nos acompañaron.

La sabiduría, brota de la experiencia, la cual nos ha enseñado a distinguir entre lo que podemos controlar y lo que no, a invertir nuestras fuerzas en lo que aún es posible, a estar, a acompañar, a sostener…  

Hemos aprendido a medir el tiempo en gestos, mediante una mano que aprieta otra mano en la madrugada, o una palabra que calma, o una canción que devuelve el aliento.  ¡Gestos que son la arquitectura de la confianza!

Tuvimos que aprender a mirar la enfermedad con ojos nuevos.  Ya no es solo palabra médica perdida entre protocolos deontológicos, si no presencia que exige de ternura.  Aprendimos a leer en el silencio de su alma quebrada, en su valentía, que no siempre se muestra en la voz pero destaca en la pose.  Vimos cómo, a pesar del dolor y de la fatiga, el deseo de vivir seguía ahí, como una raíz que se niega a dejar de buscar agua.  Vimos también la manera en que el amor de padres, de la familia, de los amigos, se convirtió en un escudo cotidiano… Visitas que no fallan, risas que se cuelan entre los tratamientos, historias que devuelven la memoria de lo que somos cuando el miedo es incapaz de definirnos.

La bondad de la gente que nos rodea ha sido un bálsamo.  Vecinos que se convierten en familia, amigos que sostienen la alacena de la vida, profesionales que no solo aplican técnicas sino que ofrecen consuelo.  En la delgadez descubrimos la generosidad de los otros, y esa generosidad nos devuelve la fe en la humanidad.  Cada gesto, por pequeño que parezca, es una piedra que colocamos en el puente que nos lleva hacia la esperanza.

No niego la fatiga. Hay noches en que el cansancio pesa como una plancha y la desesperanza masculla con voz insistente.  Hay mañanas en que la desazón se instala en la garganta y cuesta respirar.  Pero también hay mañanas en que la luz entra por la ventana recordando que la vida sigue siendo posible, instantes en los que la esperanza se vuelve decisión; decisión de amar, decisión de estar, decisión de creer que aún existen caminos por explorar.

La esperanza no es ingenuidad, si no práctica que se cultiva con actos concretos y, es en esa práctica, donde hemos aprendido a celebrar la vida en sus detalles, como una comida compartida, un partido de fútbol en familia, una conversación que se alarga hasta la noche, celebrando  la risa cuando llega, la mirada clara cuando aparece, la mano cuando aprieta con fuerza… Celebramos la paciencia, virtud que nos permite sostener el día a día sin que el miedo nos devore, una forma de amor que no siempre se reconoce, pero que sustenta la casa entera.

En medio de todo esto, certezas que no se dejan vencer sustentadas en el amor profesado sin rendición. Ese amor es la energía que nos impulsa a buscar alternativas, a preguntar, a insistir, a no aceptar el silencio como respuesta definitiva.  Ese amor nos hace creativos, nos hace persistentes, nos hace humanos.  Nos obliga a mirar más allá del pronóstico y a encontrar, en cada día, una razón para seguir luchando.

Sin prometer certezas que no existen, sin asegurar que la enfermedad se irá, puedo afirmar con toda la fuerza de mi alma que la esperanza es una decisión que tomamos cada mañana.  Podemos elegir que el final de esta historia no sea la derrota del ánimo, sino la victoria de la ternura y la solidaridad.  Podemos decidir que, aunque el camino sea duro, lo recorreremos juntos, con la dignidad de quien no se rinde.

Así, con la mirada puesta en lo que aún es posible, sostenemos la esperanza como quien sostiene una lámpara en la noche.  Creemos en la posibilidad de un giro inesperado, en la bondad de la ciencia, en la fuerza del amor universal.  Creemos en la capacidad de los cuerpos para resistir y en la capacidad del espíritu en la fe, para encontrar razones por las que seguir.  No nos resignamos a la desesperanza, la transformamos en acción, en cuidados, en presencia, en sanadoras palabras.

Todo saldrá bien porque no nos rendiremos.  No porque la enfermedad ceda por precepto, sino porque haremos de cada día una batalla de amor, y en esa batalla la vida encontrará sus rendijas para sembrar.

La esperanza no es una promesa vana; es la decisión de creer que, aun en la noche más cerrada, la luz puede volver a nacer.  Mientras tengamos aliento, mientras nuestras manos se entrelacen, mientras los corazones no se cansen de amar, mantendremos la certeza de que todo, de algún modo, saldrá bien.

 

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