CONVICCIÓN
“La
vida es como una bicicleta. Para mantener el equilibrio, tienes que seguir
adelante”
Albert
Einstein
Me enfrento al cruel escenario
navegando por un mar de incertidumbre. Me aferro a la Fe desde la más absoluta
convicción. Es tanto el peso, es tanta
la evidencia, es tan demoledora la realidad, que tan sólo puedo enhebrar
escasas puntadas de esperanza en un titánico esfuerzo.
En la penumbra donde se confunden
los relojes y las sombras, mi corazón aprende a latir con una paciencia nueva,
como quien escucha una canción que desconoce y, aun así, intenta tararear la
melodía completa.
Cada día es una isla, a veces
pequeña, en ocasiones inmensa, a veces cubierta de sol, otras veces azotada por
vientos y tempestades. Camino por esa
isla con la cabeza llena de preguntas que no encuentran respuesta, y con la Fe
como única brújula que no se rinde.
La Fe no es un faro que prometa
puerto seguro, es más bien una lámpara de aceite que se niega a apagarse. La enciendo con los dedos temblorosos y la
coloco en la mesa de la cocina, en la sala de espera del hospital, en la
esquina del coche, en la terraza de un bar. A veces su luz es apenas un hilo, pero ese
hilo me permite distinguir el contorno de la ternura, el perfil de la esperanza
que aún se asoma entre las grietas. Me
aferro a ella no por negación, sino por la necesidad de sostener algo sensible
cuando todo lo demás se vuelve estadística y fría ciencia.
Vivo días en los que la evidencia
se ha presentado con voz de trueno mediante informes, cifras, miradas de profesionales
que se vuelven laberintos sin salida… Estos días, la realidad golpea con la
precisión de un reloj que no entiende de súplicas y, sin embargo, en el mismo
latido en que la verdad me derriba, aparece una resistencia que no se explica
con lógica. El amor es un activo que no
se rinde y que une los bordes desgarrados del alma con hilos invisibles, con
paciencia de artesano. No lo cura todo,
no promete milagros, pero transforma el dolor en compañía y la soledad en
verdadera presencia a través los que siempre están y estarán en el corazón.
Tejer con puntadas de esperanza
es un oficio de manos pequeñas y grandes a la vez. A veces éstas apuntan tímidas, como una
sonrisa que se asoma en la habitación, una canción que suena en la radio o dos
manos que se entrelazan sin decir nada. Otras veces son audaces, a modo de decisiones tomadas con la claridad
de quien ama con gestos que desafían la lógica y se sostienen en la dignidad. Cada ataque de la aguja es un acto de valentía,
cada hilo, una promesa sin certezas.
La incertidumbre tiene un
lenguaje propio mediante silencios largos y esperas. Yo he aprendido a hablarlo
sin traicionarme. Así, no finjo certezas
donde no las hay y nombro lo que siento con la honestidad de quien no quiere
adornar la verdad. Digo miedo, digo
rabia, digo cansancio. Pero digo también
ternura, digo gratitud por los instantes que se resisten a desaparecer. En ese vocabulario simultáneo con el de mi
alma, la Fe se vuelve diálogo y no dogma, retorna en consuelo y no en
sentencia.
En ocasiones imagino la esperanza
como un jardín secreto que cultivo a escondidas. No es un vergel de promesas grandilocuentes,
sino de pequeñas plantas que resisten el invierno, como una voz amable, una
caricia en la frente, un cuento de final feliz. Riego esas matas con la memoria de los días
buenos, con las fotos que guardan sonrisas, con los olores que recuerdan a
casa. No espero que florezcan todas, me basta con
que alguna hoja asome entre las piedras. Hojas que son milagro cotidiano, pruebas de
que la vida, aun herida, sigue encontrando maneras de brotar.
A veces me sorprendo encontrando
belleza en lugares que antes me parecían inhóspitos, como en la fragilidad de
una sonrisa, en la honestidad de una lágrima, en la manera en que la luz entra
por la ventana de casa y dibuja un mapa de esperanza sobre las sábanas. La
belleza me recuerda que, incluso en el borde del abismo, hay detalles que
merecen su momento.
No puedo negar la fatiga que pesa
en los hombros, pero en esa fatiga también descubro una fuerza que no conocía,
la capacidad de amar sin condiciones, de sostener sin esperar retribución, de
ser presencia cuando todo lo demás falla. Esa fuerza es la que me permite
seguir cosiendo, una y otra vez, aunque las manos tiemblen.
Así, con la Fe como lámpara y la
esperanza como jardín secreto, sigo dando puntadas. No prometo milagros, no
prometo certezas; prometo presencia, fidelidad y ternura. Prometo mirar a los
ojos, tomar la mano, contar historias hasta que la voz se canse. Prometo no
esconder el miedo, pero tampoco dejar que el miedo me robe la capacidad de
amar.
Costampla
09/04/2026
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