jueves, 9 de abril de 2026

CONVICCIÓN

 

CONVICCIÓN

 

“La vida es como una bicicleta. Para mantener el equilibrio, tienes que seguir adelante”

Albert Einstein

 

Me enfrento al cruel escenario navegando por un mar de incertidumbre. Me aferro a la Fe desde la más absoluta convicción.  Es tanto el peso, es tanta la evidencia, es tan demoledora la realidad, que tan sólo puedo enhebrar escasas puntadas de esperanza en un titánico esfuerzo.

En la penumbra donde se confunden los relojes y las sombras, mi corazón aprende a latir con una paciencia nueva, como quien escucha una canción que desconoce y, aun así, intenta tararear la melodía completa.

Cada día es una isla, a veces pequeña, en ocasiones inmensa, a veces cubierta de sol, otras veces azotada por vientos y tempestades.  Camino por esa isla con la cabeza llena de preguntas que no encuentran respuesta, y con la Fe como única brújula que no se rinde.

La Fe no es un faro que prometa puerto seguro, es más bien una lámpara de aceite que se niega a apagarse.  La enciendo con los dedos temblorosos y la coloco en la mesa de la cocina, en la sala de espera del hospital, en la esquina del coche, en la terraza de un bar.  A veces su luz es apenas un hilo, pero ese hilo me permite distinguir el contorno de la ternura, el perfil de la esperanza que aún se asoma entre las grietas.  Me aferro a ella no por negación, sino por la necesidad de sostener algo sensible cuando todo lo demás se vuelve estadística y fría ciencia.

Vivo días en los que la evidencia se ha presentado con voz de trueno mediante informes, cifras, miradas de profesionales que se vuelven laberintos sin salida… Estos días, la realidad golpea con la precisión de un reloj que no entiende de súplicas y, sin embargo, en el mismo latido en que la verdad me derriba, aparece una resistencia que no se explica con lógica.  El amor es un activo que no se rinde y que une los bordes desgarrados del alma con hilos invisibles, con paciencia de artesano.  No lo cura todo, no promete milagros, pero transforma el dolor en compañía y la soledad en verdadera presencia a través los que siempre están y estarán en el corazón.

Tejer con puntadas de esperanza es un oficio de manos pequeñas y grandes a la vez.  A veces éstas apuntan tímidas, como una sonrisa que se asoma en la habitación, una canción que suena en la radio o dos manos que se entrelazan sin decir nada. Otras veces son audaces,  a modo de decisiones tomadas con la claridad de quien ama con gestos que desafían la lógica y se sostienen en la dignidad.  Cada ataque de la aguja es un acto de valentía, cada hilo, una promesa sin certezas.

La incertidumbre tiene un lenguaje propio mediante silencios largos y esperas. Yo he aprendido a hablarlo sin traicionarme.  Así, no finjo certezas donde no las hay y nombro lo que siento con la honestidad de quien no quiere adornar la verdad.  Digo miedo, digo rabia, digo cansancio.  Pero digo también ternura, digo gratitud por los instantes que se resisten a desaparecer.  En ese vocabulario simultáneo con el de mi alma, la Fe se vuelve diálogo y no dogma, retorna en consuelo y no en sentencia.

En ocasiones imagino la esperanza como un jardín secreto que cultivo a escondidas.  No es un vergel de promesas grandilocuentes, sino de pequeñas plantas que resisten el invierno, como una voz amable, una caricia en la frente, un cuento de final feliz.  Riego esas matas con la memoria de los días buenos, con las fotos que guardan sonrisas, con los olores que recuerdan a casa.   No espero que florezcan todas, me basta con que alguna hoja asome entre las piedras.  Hojas que son milagro cotidiano, pruebas de que la vida, aun herida, sigue encontrando maneras de brotar.

A veces me sorprendo encontrando belleza en lugares que antes me parecían inhóspitos, como en la fragilidad de una sonrisa, en la honestidad de una lágrima, en la manera en que la luz entra por la ventana de casa y dibuja un mapa de esperanza sobre las sábanas. La belleza me recuerda que, incluso en el borde del abismo, hay detalles que merecen su momento.

No puedo negar la fatiga que pesa en los hombros, pero en esa fatiga también descubro una fuerza que no conocía, la capacidad de amar sin condiciones, de sostener sin esperar retribución, de ser presencia cuando todo lo demás falla. Esa fuerza es la que me permite seguir cosiendo, una y otra vez, aunque las manos tiemblen.

Así, con la Fe como lámpara y la esperanza como jardín secreto, sigo dando puntadas. No prometo milagros, no prometo certezas; prometo presencia, fidelidad y ternura. Prometo mirar a los ojos, tomar la mano, contar historias hasta que la voz se canse. Prometo no esconder el miedo, pero tampoco dejar que el miedo me robe la capacidad de amar.

Costampla

09/04/2026

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